San Miguel del Robledo
San Miguel del Robledo
Desde la Peña del Huevo, el pueblo aparece en el fondo del valle, apretado alrededor de su campanario, entre la Sierra de Quilamas y la Sierra de Francia. En primavera, las escobas y las jaras en flor lo enmarcan de amarillo y blanco. Así lo veo cada vez que vuelvo.
Tres nombres
Primero fue Cargamancos, luego Arroyomuerto y, desde 1982, San Miguel del Robledo. Hoy somos poco más de cincuenta vecinos, a mil metros de altura, mirando siempre al monte: la niebla que sube por el Pico de la Mina, la luz que se abre entre las nubes y los montes que al atardecer se recortan en capas azules.
Calles de piedra y niebla
Piedra, pizarra y madera. Calles que suben y bajan, pasadizos bajo las casas y mañanas en que la niebla se queda a vivir entre los muros. En las fachadas, los murales cuentan quiénes fuimos, como la yunta arando, y quiénes soñamos ser, como el rostro dormido pintado por Daniel Martín.
El agua
En un pueblo de sierra, el agua no se esconde: corre por los caños de las fuentes, entre las hojas del otoño, y brota en los manantiales del monte.
La fe
La iglesia de San Miguel, la ermita entre árboles y el arcoíris sobre la espadaña. Y un día al año, el Cristo sale a la calle a hombros de los vecinos.
Su gente
Un banco de granito al sol, un bastón y un sombrero de paja. Eso también es el pueblo: el tiempo sin prisa.
Los vecinos del monte
Un zorro viejo, de pelaje gastado, se deja mirar en la linde del monte. Se sienta, observa y se marcha.
Como nosotros: siempre de paso, pero siempre volviendo.